Cuando en la junta dijeron mi nombre, no me lo esperaba.
No me había presentado voluntario. No había levantado la mano. Simplemente llevaba años viniendo a las reuniones, participando en los debates y, al parecer, eso fue suficiente para que alguien pensara que era buena idea proponerme como vicepresidente.
Acepté sin saber muy bien qué estaba aceptando.
Y creo que eso me convierte en el vicepresidente más representativo de España.
¿Vicepresidente de qué, exactamente?
Durante las primeras semanas no tenía muy claro qué se suponía que debía hacer. Nadie me dio un manual. Nadie me explicó mis funciones. El presidente me saludaba en el ascensor igual que antes y el administrador seguía enviando los correos a la lista general.
Así que me puse a investigar.
El artículo 13 de la Ley de Propiedad Horizontal le dedica al vicepresidente apenas unas líneas. Las justas para decir que las comunidades *podrán* contar con uno, que sustituirá al presidente en caso de ausencia, vacante o imposibilidad, y que se nombrará por el mismo procedimiento que él.
¡Y punto!
Sin funciones propias. Sin obligaciones concretas. Sin ningún desarrollo que explique qué se supone que debe hacer cuando no está cubriendo al presidente. La propia ley lo crea y acto seguido lo aparca. Como si tampoco ella supiera muy bien qué hacer con él.
Y ese «podrán» lo dice todo. Nombrarlo no es obligatorio. Muchas comunidades directamente no lo hacen, ya sea porque nadie se ofrece, porque no se plantea, o porque simplemente se pasa al siguiente punto del orden del día sin que nadie le dé más vueltas.
Quizá por eso nadie lo toma en serio. Si el legislador no le encontró más recorrido, y además lo hizo opcional, ¿por qué iba a encontrárselo la comunidad?
Pero ahí está precisamente el error. Porque ese margen que la ley deja vacío no es una limitación. Es una oportunidad. El vicepresidente puede ser mucho más útil de lo que la norma sugiere, si la comunidad decide aprovecharlo. No como consecuencia jurídica, sino como decisión práctica y razonada de quienes conviven en el edificio.
El día que entendí para qué servía.
La respuesta llegó un martes por la mañana, cuando el presidente tuvo que ingresar en el hospital de forma inesperada. Nada grave, pero sí suficiente para que no pudiera firmar una documentación urgente que la comunidad necesitaba para avanzar con unas obras ya aprobadas en junta.
Me llamaron a mí.
Y en ese momento entendí que el vicepresidente no es un cargo decorativo. Es la persona que evita que una comunidad se paralice por una contingencia personal del presidente. Una baja médica, un viaje largo, una situación familiar que le impide ejercer durante un tiempo. Sin vicepresidente, cualquiera de esas situaciones puede convertirse en un problema real de gestión.
Con vicepresidente, la comunidad sigue funcionando.
¿En qué comunidades tiene más sentido nombrarlo?
Aquí es donde la decisión de prescindir del cargo puede salir cara. Porque la vulnerabilidad no depende solo del tamaño del edificio, sino de la exposición al riesgo en cada momento.
Hay comunidades donde nombrarlo no es solo conveniente, es casi imprescindible. Edificios grandes con muchos propietarios y alta actividad gestora, comunidades con obras importantes en curso o previstas, situaciones con conflictos activos o un histórico de tensiones entre vecinos, o simplemente casos donde el presidente tiene una edad avanzada o una salud que puede generar imprevistos. En todos estos escenarios, quedarse sin vicepresidente es quedarse sin red.
En el otro extremo, hay comunidades donde prescindir de él tiene más lógica. Edificios muy pequeños, de tres o cuatro propietarios que se conocen bien y donde cualquiera puede asumir el relevo de forma natural. Comunidades con poca actividad, gestión simple y sin asuntos relevantes pendientes.
Pero incluso en esos casos conviene hacerse una pregunta antes de decidir, ¿qué pasa si el presidente no puede ejercer mañana? Si la respuesta es «nos las arreglamos», adelante. Si la respuesta genera dudas, el cargo tiene sentido.
Una comunidad pequeña con una obra grande encima es tan vulnerable como una grande sin vicepresidente.
Lo que nadie cuenta en la junta.
El problema es que este cargo se presenta siempre como algo menor. Casi un trámite. Alguien tiene que serlo, así que se propone al primero que no protesta demasiado y se pasa al siguiente punto del orden del día.
Y eso es un error.
Porque el vicepresidente debería conocer el estado de la comunidad casi tan bien como el presidente. Debería estar al tanto de los asuntos abiertos, de las obras pendientes, de los conflictos en curso. No para gestionarlos, sino para poder asumir el relevo sin que la comunidad pierda ni un paso si llega el momento.
Una comunidad que elige bien a su vicepresidente y lo mantiene informado es una comunidad que se protege a sí misma.
Lo que aprendí siendo el que nadie quería ser.
Hoy, cuando en una junta veo que nadie levanta la mano para el cargo de vicepresidente, ya no lo veo como algo anecdótico.
Lo veo como una comunidad que no ha entendido todavía que ese cargo silencioso, ese nombre que aparece en el acta sin que nadie le preste demasiada atención, puede ser exactamente la diferencia entre una gestión que no se detiene y un problema que nadie sabe cómo resolver.
No hace falta ser el más activo. No hace falta tener experiencia. Hace falta estar disponible y estar informado.
Que es, a fin de cuentas, lo mínimo que una comunidad puede pedir a alguien que dice querer que las cosas funcionen.
