Y, un año después

O cómo pasar de “yo esto lo gestiono bien” a “que lo haga otro” en 365 días.

La semana pasada hablé con María José, presidenta de una comunidad. Cercana, implicada, siempre con buena actitud. De esas personas que aceptan el cargo con ganas de ayudar y de que todo funcione bien, aunque muchas veces no sepan realmente en qué se están metiendo.

En su caso, asumió el cargo sin contar con una gestión profesional que le acompañara en el día a día.

Y eso lo cambia todo.

Me comentó algo que llevaba días rondándole la cabeza:
—“Oye, que ya llevo un año, tendré que ir preparando la junta para el cambio de presidente, ¿no?”

Un año “tranquilo” pero gestionando todo.

Durante este año, María José ha tenido que:

  • Resolver dudas y quejas de vecinos
  • Atender incidencias y urgencias
  • Coordinar pequeños arreglos
  • Gestionar el seguro
  • Organizar juntas
  • Dar explicaciones constantemente
  • Atender fuera de horario

Y, sobre todo, gestionar personas.

Porque cuando no hay una gestión profesional detrás, el presidente se convierte en el punto de referencia de todo.

Y entonces deja de ser un cargo puntual para convertirse en una carga constante.

Aun así, María José tenía claro que no quería repetir. Y tiene su lógica, porque conforme al artículo 13 de la Ley de Propiedad Horizontal, el cargo es obligatorio salvo causa justificada.

Muchas veces no es una elección, simplemente te toca.

El primer mes suele empezar con entusiasmo. Lees la normativa, contestas rápido, te implicas. Hasta que llega la primera llamada un domingo por una «urgencia«, la luz del rellano del tercero parpadea. Dices que lo verás el lunes, pero no sirve. Oyes aquello de «es que yo pago.» Y ahí empieza todo.

A los tres meses ya tienes una imagen bastante clara de con quién tratas. Hay vecinos que nunca están conformes, otros que no acuden a las juntas pero exigen, y muchos que dan por hecho que tienes solución para todo. Y ahí cae el primer aprendizaje real, el presidente no gestiona el edificio, gestiona personas. Gestiona expectativas, quejas y prisas.

Con un buen administrador detrás, ese peso se reparte, porque él asume el filtro del día a día, organiza, canaliza y responde. Sin esa figura, todo acaba cayendo sobre el presidente.

Hacia el sexto mes la carga ya no es solo de tiempo, es mental. Llamadas del seguro, reparaciones urgentes, explicaciones incómodas y comentarios que desgastan. No decides solo, no cobras, pero das la cara siempre. Y aparece inevitable la pregunta de ¿por qué acepté esto?

Al noveno mes uno ya ha aprendido a sobrevivir. Pones límites, no respondes fuera de horario, derivas lo que puedes. Pero también has asumido algo incómodo pues para algunos vecinos, siempre serás responsable de todo, pase lo que pase.

Y es entonces cuando se entiende de verdad por qué es imprescindible que alguien gestione la comunidad con criterio, que filtre, que ordene, que dé respuesta sin que todo tenga que pasar por el presidente.

Cuando llega la renovación, la decisión es clara, ¡no repites! Y lo primero que sientes es alivio. Porque a lo largo del año has entendido algo que al principio no era tan obvio, y que ser presidente puede convertirse en un trabajo exigente disfrazado de voluntariado. Nadie valora lo que haces bien, solo lo que falla. El desgaste emocional no compensa. La carga mental es constante. Y el reconocimiento, si llega, es mínimo.

Pero también te llevas cosas. Aprendes que gestionar personas es mucho más difícil que gestionar edificios, que documentar todo es imprescindible, y sobre todo, que una comunidad no debería depender del presidente para funcionar. Cuando eso ocurre, el sistema falla.

Un buen administrador no está para «ayudar al presidente». Está para que el presidente no tenga que vivir todo esto. Para asumir la gestión del día a día, coordinar proveedores, atender incidencias y canalizar las comunicaciones. Para protegerle. Para que no tenga que estar disponible constantemente, ni resolver cada problema, ni dar la cara en todo momento.

En definitiva, para que ser presidente sea una responsabilidad puntual y controlada, no una carga permanente. Porque no se trata de que no estés solo, se trata de que no tengas que hacerlo tú.

En AFISER creemos que la diferencia no está en acompañar al presidente, sino en gestionar de verdad la comunidad para que él no tenga que asumir ese desgaste.

No te prometemos que no haya incidencias, pero sí que no recaerán sobre ti.

Y si decides no repetir, perfecto. Ya cumpliste.

AFISER, la gestión de confianza.